jueves, agosto 19, 2010

La Princesa y el Juglar


Es una historia que vengo pensando desde hace como dos años. Quien sabe, tal vez me anime a subirla por partes. Sin embargo por lo pronto unos cuantos dibujillos y el primer capi a ver qué opinan:

La Princesa y el Juglar
Basado en un cuento de los hermanos Grimm.

Capítulo I
Mascarada Infructífera.


Había una vez un reino próspero llamado Hekkemark. Su Rey, Adalrich era un hombre justo, benevolente y apacible. Tenía dos hijos, el mayor, Ruslan, era sensato y de nobles sentimientos. Todo el pueblo lo amaba y auguraban que su futuro reinado sería si acaso diez veces mejor que el de su padre. Sin embargo, la desgracia cayó sobre la Casa de Adalrich cuando el príncipe Ruslan murió en una guerra.
El Rey y su pueblo quedaron devastados, así que toda la atención de Adalrich se volcó en la única hija que le quedaba, Ekaterina ya que a su avanzada edad y viudo, el soberano no podía pensar en tener a otro heredero al trono. Así pues, la niña creció y fue entrenada y educada como un varón a fin de tomar en el futuro el lugar de su padre.
Ruslan era como un sol y Ekaterina era como la luna. De más pequeña el centro de atención era su hermano mayor, pero después de morir, Ekaterina brillaba con luz propia. La doncella tenía un carácter fuerte y una personalidad atrayente, era hábil como jinete, estratega militar y dominaba los idiomas de los ocho reinos vecinos. Aún así nunca sacrificó su feminidad y en cuanto estuvo consciente de lo que su belleza provocaba no dudó en aprovechar al máximo éste otro don. Harta de estar confinada en el palacio, convencía en no pocas ocasiones a los guardias de dejarla salir para que pudiera ver la ciudad… por supuesto, siempre iba escoltada de varias damas de compañía que podían actuar como guardaespaldas si se presentaba la ocasión.
Conforme Adalrich se hacía más viejo, su deseo de verse convertido en abuelo crecía más con cada día que pasaba. Así que, a pesar de las contínuas protestas de su hija, el Rey organizó un fastuoso baile de máscaras e invitó a muchos nobles y capitanes, emperadores y príncipes de todos los rincones del mundo a fin de que su hija encontrara a alguien digno para casarse lo más pronto posible.
- Señora mía, el Rey se impacienta. - dijo una de sus damas, abriendo la puerta. - Ya es hora.
- De haber sabido que tendría éste destino, hubiera deseado no nacer nunca. - contestó Ekaterina mientras era ayudada con los últimos detalles de su peinado. - Ruslan tiene tanta suerte de estar muerto.
- ¡Princesa, no diga esas cosas tan horribles!
- Lo sé, lo sé. Perdona, sucede que estoy muy enojada. No entiendo nada para qué se casa la gente. - y se dio la vuelta. Llevaba un vestido color crema con un esplendoroso corsé bordado con hilos de plata y oro. - ¿Cómo me veo?
- Perfecta. No habrá hombre que no pueda resistir mirarla aunque sea un poco.
Ekaterina no necesitaba realmente una opinión. Sabía de sobra que era la mujer más hermosa y culta del reino. Con los años sus logros personales la hicieron soberbia y una persona difícil de tratar.
Ahora estaba el fastidioso asunto del baile. El Rey de verdad estaba esperando que ella eligiera un posible candidato para desposarse con él lo más pronto posible, pero la princesa se portó muy dura y fría con los invitados y sacaba a relucir los defectos de todos ellos con el mayor descaro, que si era muy alto y delgado, parecía garrocha; que si era bajo y rechoncho, parecía un cerdo, y así sucesivamente. Estaba dispuesta a dejar una muy mala impresión en los invitados reales para que no tuvieran el valor de atreverse a pedir su mano... pero había cierto hombre que llamó su atención.
Llevaba una máscara negra con plumas muy extraña. Y solamente podía ver a través de un agujero por donde asomaba un ojo gris. Su barba oscura estaba bien recortada y vestía con más elegancia que muchos de los que allí se hallaban. Ekaterina jamás había visto a ese invitado antes en el palacio y la intrigó un poco, pero como era tan orgullosa no quiso admitir que aquél hombre la había impresionado a primera vista.
- ¿Sería muy osado pedirle a la Princesa que me concediera ésta pieza? - dijo el extraño pálido, haciendo una profunda reverencia.
- Es osado... y admiro su valor. Vamos. - se sorprendió en secreto de haber dicho eso. Ekaterina y el hombre enmascarado pasaron al centro del salón y todos los presentes miraron expectantes el baile de ambos. La hija de Adalrich notó que el hombre alto no dejaba de mirarla, pero la princesa pudo darse cuenta que su mirada no era para retarla, más bien parecía complacido de estar bailando con ella. - Me temo que no nos han presentado debidamente, buen Señor. Soy Ekaterina Aelis Lichtenstein.
- Usted está bailando con Fabius Alexei Piotr Grigorich Rozhdestvensky III. - enunció con acento extranjero y Ekaterina tuvo que tragar saliva para evitar sonreír ante su largo y magnífico nombre. - Es un completo honor y placer para mí conocerla en persona al fin, Princesa.
- ¡Ah, usted es el heredero de Rozhdestvensky! Su padre era buen amigo del Rey de Hekkemark... sí, he oído hablar de usted.
- Eso me halaga, Señora.
- Su máscara llamó mi atención de inmediato, ¿puedo preguntar quién la confeccionó y por qué razón tiene un agujero? Me resulta difícil ver sus ojos.
- Tengo un buen amigo al que le encanta confeccionar disfraces y la razón por la que mi máscara es así es para ocultar una fea herida de guerra. - contestó Fabius, un poco serio.
- He sido impertinente y me disculpo por ello. - la música terminó y ambos se dedicaron una reverencia. Todos los invitados aplaudieron.
- Esto es extraño, has tratado muy mal a todos tus pretendientes esta noche ¿y conmigo te disculpas? - Ekaterina no esperaba que le echara eso en cara y entonces su actitud cambió de inmediato.
- Si su Alteza lo prefiere, puedo tratarlo con igual desdén.
- ¿Por qué no deseas casarte, Señora mía?
- No estoy lista... ¡además eso no es de su incumbencia!
- Si no lo haces nunca lo sabrás. - enunció Fabius con voz suave.
- No ha nacido el hombre que sea capaz de soportarme, Rey Fabius. ¿O acaso insinúas que eres lo suficientemente digno para desposarme?
- Jamás he dicho tal cosa. - dijo, mirándola severamente detrás del antifaz. - He asistido a éste baile sólo porque tu padre me ha invitado, porque mi familia insiste en que debo tener un heredero pronto y finalmente porque sentía curiosidad genuina de conocerte en persona. Me doy cuenta que los rumores acerca de tu belleza no te hacen justicia... pero después de ver cómo te has comportado hoy, he comprobado que a pesar de todo lo hermosa que puedas ser... eres la última mujer con quien YO me casaría.
Ekaterina sonrió de forma incrédula. ¿Quién se creía éste para insultarla? ¡Y en su propia casa! Los demás invitados no tenían palabras para expresar el asombro que sentían al ver que de hecho hubo alguien que le puso un alto a sus burlas.
- Creo que he encontrado a alguien con un ego más grande que el mío. - dijo la princesa con el sarcasmo que la caracterizaba. - ¿Cómo debo llamarte ahora? Eres alto y pálido... y por lo que me has dicho parece que nunca hallarás esposa... solo, taciturno y oscuro. - Ekaterina caminó alrededor de él, pensando en un posible apodo. - Como un cuervo... ¡ya sé, lo tengo! ¡Tú serás El Rey Cuervo!
Unas cuantas risas se escucharon en el aire, si acaso de algunos nobles resentidos por el interés inicial que había mostrado la Princesa hacia el hombre enmascarado. Fabius no dijo nada. Hizo una reverencia muy profunda, soltó un suspiro y se retiró de allí. La gente se abría a su paso y Ekaterina notó que se quitó la máscara negra de un tirón y la dejó caer al piso, molesto. "Ni siquiera pude ver su rostro" pensó ella, mordiéndose los labios.
- ¡Ya he tenido suficiente de tus tonterías, Katya! - rugió entonces el Rey Adalrich. - ¡Es imperdonable tu actitud después de todo lo que he hecho por tí! ¡Eres egoísta, altiva y muy tonta! ¡Ni siquiera te has dado cuenta que podrías estar sembrando enemigos aquí mismo!
- ¡Yo te dije que no quería nada de esto! ¡No me casaré jamás!
- ¡Sí lo harás, estoy harto de tí! Juro que daré tu mano al primer pordiosero que entre al Palacio y te echaré de aquí. - y todos en el Salón soltaron una larga exclamación al escuchar tan terrible amenaza.
- No lo harías... - contestó Ekaterina, cruzando los brazos.
- Yo soy el Rey de Hekkemark y no ha habido día en que mi palabra no se cumpla. - dijo Adalrich y Ekaterina se asustó de ver tanta furia en sus ojos. - Disfruta tu fiesta hija mía... y no vuelvas a hablarme jamás.
Todos los sirvientes y los demás invitados hicieron una reverencia profunda cuando el Rey se retiró de allí seguido por su guardia personal. La música se elevó en el aire de nuevo pero Ekaterina se había quedado con una terrible incertidumbre que le impedía respirar. "No hablaba en serio. Mi Padre me quiere más que a su vida" pensó la princesa "Mañana se le pasará el enojo de seguro."

Otros tantos días pasaron y a su Padre no se le había pasado el enojo. Ekaterina no sabía qué hacer para llamar su atención o para que pudiera perdonarla. Adalrich la evitaba a toda costa y cuando ella intentaba hablarle, él sencillamente la ignoraba. Esa mañana se estaba paseando por la muralla que rodeaba el castillo. Sus damas la acompañaban y se compadecieron de ella al verla tan triste. La princesa solía frecuentar ése sitio, ya que en ésa zona por lo regular cierto juglar se sentaba a cantar en la calle y era tal su talento que incluso recibía diez o quince coronas al día. Eso no era todo, sus coplas eran muy graciosas y Ekaterina siempre terminaba riendo ante su ingenio.
- ¡ESO ES! - gritó de pronto. - ¡Lo que le hace falta a mi Padre es escuchar música para que se divierta un poco! - y entonces asomó la cabeza fuera de la almena, hacia la calle. - ¡Oye! ¡Juglar! - y el hombre se interrumpió, mirando en todas direcciones. - ¡Es acá arriba tonto!
- ¡P-pr-Princesa Ekaterina! - saltó, asombrado y con ojos desorbitados. - ¡Qué gran honor...!
- Sí, sí, sí... ahórrate los cumplidos. ¿Qué te parecería cantar hoy para el Rey?
- Jajaja, Majestad, usted me está tomando el pelo...
- Silencio plebeyo, no he terminado. - el juglar dejó de reír y tragó saliva.
- Miladi, no creo que sea buena idea... - terció una de sus damas.
- Sosiégate Lillian, esto va a resultar de maravilla. No hay por qué preocuparse. - luego se dirigió al juglar, que tenía muy mala pinta. Su capa estaba llena de hoyos y manchada de lodo en la parte baja, y sus botines estaban ajados por el uso. - Sucede que el Rey está enojado conmigo y necesito a alguien que lo ponga de buen humor para que pueda hablarme de nuevo. He tratado de todo pero estoy segura de que si cantas para él mi plan tendrá éxito. - la gente que pasaba por la calle y otros curiosos se habían detenido para observar el inusual diálogo.
- Señora mía, si el Rey está enojado no es buena idea que trate de ponerlo de buenas a la fuerza... además, yo canto para el pueblo, jamás me ha pasado por la mente poner un pie dentro de algun palacio. No soy digno... y no podría entretener a Su Majestad.
- Tonterías, yo misma te he arrojado dinero desde aquí, ¿es que nunca te has dado cuenta?
- Bueno, sí pero...
- Con eso es suficiente, a mí me divierten tus versos juglar. Estoy muy segura de que el Rey pensará lo mismo. - la gente de abajo asentía y le gritaban al muchacho para que se animara. El juglar dejó su mandolina en el piso y unió las palmas.
- Princesa... con todo respeto. - no sabía cómo decirlo. - La verdad es que temo que al Señor Adalrich no le gusten mi coplas, ¿qué tal si en vez de alegrar su corazón se pone más enojado y yo termino en la horca? ¡El Rey mandó a decapitar a su bufón hace un par de años, si mal no recuerdo!
- Eso es cierto, pero el Bufón Real trató de envenenarlo.
- Señora mía, por favor no insista...
- ¡No estoy insistiendo Juglar, te estoy dando una orden! - comandó Ekaterina. - ¡Guardias! ¡Abran las puertas del Palacio, el Juglar va a pasar! - uno de los soldados en la almena asintió con firmeza y corrió a dar la alarma, entonces, el joven hombre con cara de espanto cogió su mandolina y puso pies en polvorosa, pero antes de que llegara a la esquina, la princesa gritó desde la almena. - ¡Eh! ¡Que no se escape! ¡Entrará en el salón del trono hasta que yo lo diga! - y de inmediato fué atrapado por la misma gente que se había congregado en la calle. La cabeza de la joven princesa desapareció detras de la almena y el juglar fué levantado del piso por la muchedumbre para llevarlo ante las puertas del palacio entre gritos y aplausos.

Ekaterina y sus damas se dirigieron entonces a la sala de audiencias, donde Adalrich estaba reunido con varios líderes importantes del reino. Al verla llegar, los hombres no podían hacer menos que admirarla e hicieron una profunda reverencia. El Rey se dió la vuelta y he aquí que su hija estaba arrodillada y con un sincero arrepentimiento en la mirada. Adalrich la contempló un momento sin decir nada y al fin soltó un suspiro.
- De antemano pido una disculpa por haber interrumpido la reunión de éste honorable Consejo. - inició la princesa con la cabeza gacha. - Lamento mucho mi comportamiento durante la mascarada, Oh Rey mío. Si su Majestad está de ánimo complaciente éste día, solicito humildemente que me sea concedida una breve audiencia a solas.
Adalrich, los Capitanes y demás nobles se miraron extrañados, pero después de un minuto el Rey asintió:
- Efectúese como has dicho, hija. - y todos salieron de la habitación pagando saludos y asentimientos a Ekaterina. Entonces la puerta se cerró detrás de ellos. - Me pregunto qué es lo que estás tramando ahora, mujer.
- He venido a disculparme sinceramente. No soporto que pase otro día sin que me hables, papá. - dijo, poniéndose de pie al fin y tomando su mano, pero Adalrich seguía serio. - Olvida lo que dije e hice, fuí una niña malcriada. ¿Me perdonas?
- Pusiste en ridículo al Príncipe Grigori I de Bestchev, al Rey Grigori Vladimirov de Eisenberg y me pusiste en ridículo a mí, pequeña Ekaterina. Algo así no se puede perdonar tan a la ligera.
- ¡Ay, por favor! ¡No seas malo, Padre mío! - dijo ella abrazándolo. - Prometo que todo irá bien de aquí en adelante. Ven conmigo al Salón del Trono, te tengo una sorpresa.
- ¿Qué es esto? ¿Por qué estás tan cariñosa de repente?
- Solo quiero que dejes de estar enojado conmigo. - contestó la princesa, poniéndole el rostro que sabía derretiría su corazón. Ekaterina notó que el ceño de su padre se había aflojado sólo un poco y aprovechando este breve cambio de ánimo, besó sus manos. - Anda, ven... sé que te va a gustar. - Adalrich soltó un largo y silente suspiro, después de eso asintió y se dejó conducir por ella. Ambos llegaron al Salón del Trono tomados de la mano pero no había nada ni nadie allí. - Ahora siéntate y espera. - Adalrich tomó asiento en el Trono de Oro y entonces Ekaterina dió dos palmadas.
Las puertas se abrieron y entraron las Damas de la Princesa, arrojando pétalos de rosas... y al final entró el juglar más andrajoso que Adalrich hubiera visto en su vida. El hombre tragó saliva de ver tan de cerca al Rey de Hekkemark, se quitó el sombrero e hizo una reverencia, mientras sudaba frío.
- ¿En qué estás pensando Ekaterina? - murmuró Adalrich, frunciendo el ceño. - ¿Me sacaste de una reunión importante para traerme a un trovador barato?
- Sé que no se ve muy bien, papá, pero espera a oírlo cantar. El chico es muy bueno. - dijo la princesa. Adalrich levantó una ceja incrédulo y luego se dirigió al hombre:
- Buen día, Juglar. Mi hija insiste en que cantas y tocas con maestría. ¿Qué piensas tú de eso?
- Para mí es un gran halago escucharlo. Sé de buena fuente que la Princesa Ekaterina tiene un gusto muy exigente. - contestó, muy nervioso.
- Bien dicho, ahora, ¿puedes decirme por qué tiemblas tanto? ¿Cómo te convencieron de estar aquí?
- Con su permiso, Su Majestad... no me convencieron, me obligaron a venir aquí para entretenerlo. La honorable Princesa insiste en hacer las paces con el Rey y supuso que con un poco de música lograría su objetivo... de allí mis temblores Señor Adalrich, Alteza... tengo miedo de salir muerto de aquí si no logro hacerlo reír aunque sea un poco.
Con eso el Rey soltó una carcajada que tomó por sorpresa a Ekaterina y sus damas.
- Tranquilízate Juglar. No soy tan severo con mis sirvientes o mis músicos a menos que conspiren para matarme... y tú no has venido a matarme ¿verdad? - dijo, echando el tronco hacia adelante.
- ¡N-no Señor!
- Venga entonces, cántanos algo. Algo alegre.
El Juglar hizo una reverencia y se aclaró la garganta. Comenzó a afinar las cuerdas de su mandolina y después de un largo silencio comenzó a cantar. En verdad... en verdad tenía una voz prodigiosa. Sus versos eran de un caracter tan gracioso que incluso dentro de poco se reunieron en el Salón del Trono los músicos e incluso el resto del Consejo. Y todos ellos lo miraban asombrados preguntando: "¿Quién es él?" "¿No es acaso el juglarcillo que se pone a cantar en la zona norte de la muralla?" "¿Por qué nunca se le ocurrió venir aquí antes?" No habían pasado ni diez minutos y el Rey ya estaba sonriendo y tamborileando con los dedos sobre los brazos cruzados. Dentro de poco el resto de los músicos comenzaron a improvisar un acompañamiento, alentados por el mismo juglar, quien los iba dirigiendo. Aquél parecía un diálogo pícaro entre la mandolina y el resto de los instrumentos. Luego el joven trovador, ya libre de sus temores y sin inhibiciones, dejó encargada su vieja mandolina con uno de los flautistas de la corte y gritó:
- ¡Ahora voy a bailar!
Y tan ligero como una gacela se puso a dar saltos y hacer algunas suertes de asombro al ritmo de la música. El chico en verdad era gracioso y tenía talento. Adalrich volteó a ver a su hija y notó que Ekaterina reía alto y lo miraba con asombro. El Rey también estaba sorprendido con el juglar, no esperaba que de hecho fuera tan bueno. Después de bailar un rato más, el juglar volvió a coger su mandolina para darle fin a su canción. Todos aplaudieron y él acabó sudado y jadeando.
- ¡Precioso! - aplaudió Adalrich. - Hacía tiempo que no me divertía así...
- Muchas gracias, Excelencia. - reverenció el hombre en un hilo de voz, ya que le costaba trabajo respirar. - Yo también me he divertido.
- No se ven muchos juglares que puedan dar esos brincos, tienes buena condición física hijo... ¿de pura casualidad no habrás estado en el ejército?
- Sí Señor, hace muchos años.
- ¿Y por qué lo dejaste? Te pagarían mejor como soldado que como juglar.
- Me gusta más cantar e inventar versos que hacer la guerra, Oh Rey mío.
Adalrich sonrió, asintiendo. Le agradaba muchísimo ése muchacho.
- ¡Vean! He aquí a un hombre que persigue sus sueños. - dijo, levantándose del trono... y luego, para sorpresa de todos y el horror de Ekaterina, dijo: - Me has complacido tanto que incluso te daré la mano de mi hija ahora mismo.
- ¡¿QUÉ?! - chilló la Princesa de Hekkemark.
- ¡Vaya... caray! ¡Qué...! ¡Qué buen sentido del humor tiene usted, Alteza! - contestó, poniéndose colorado hasta las orejas.
- No estoy bromeando, juglar. Te estoy ofreciendo a mi Katya para que te cases con ella.
- ¡No puedes! ¡No puedes hacerme ésto, Padre! ¿Yo? ¿Casarme...? ¡¿Casarme con éste... mendigo?!
- Te había dicho que sigo siendo el Rey, y como Rey debo hacer cumplir mi palabra, ¿no recuerdas?
- ¡Mi Señor! - terció el juglar. - ¡Me niego! ¡Me niego rotundamente! ¡Yo no puedo desposar a su hija! - dijo alarmado cuando vió que la cosa iba en serio.
- ¿Por qué no?
- ¿Por qué no? - repitió Ekaterina, al detectar un fugaz pero indiscutible tono de desdén en la voz del hombre.
- ¡Pues mírela! Es altiva y muy grosera. ¡Toda ella es el egocentrismo encarnado! - los músicos, los miembros del Consejo y las damas de compañía soltaron una exclamación.
- ¡Insolente! ¡¿Cómo te atreves?! - mientras se hacían de palabras, uno de los sirvientes salió fuera del Salón del Trono gritando a voz en cuello: "¡La Princesa se casa hoy con el Juglar! ¡La Princesa y el Juglar, la Princesa y el Juglar!"
- La verdad no peca pero incomoda, ¿no es así, hijita?
- ¿Cómo puedes permitir ésto? ¡Deberías enviarlo a la horca! - gritó la chica, llorando.
- No voy a matar a tu futuro esposo, Ekaterina.
- ¡No es mi esposo! ¡Ay de mí! - lloró a gritos la princesa, haciendo una rabieta.
- Su Majestad... por favor reconsidere. - dijo el juglar con cara de espanto.
- No lo haré, está decidido. Sé los muchos defectos de la princesa, pero imagina que no los tiene. Mírala... mírala bien... despójala de su arrogancia y su egoísmo... ¿de ésta forma considerarías casarte con ella?
El hombre de la mandolina alzó la vista hacia ella. Ekaterina tenía los ojos rojos por el llanto y parecía estar muy asustada. Como si fuera de repente una niña perdida.
- No Señor... aún así no me casaría con ella. - Ekaterina y el juglar se miraron. - La Princesa es demasiado hermosa... sabe de arte, de letras y las estrellas... ella conoce varios idiomas y tengo entendido que le agrada la ciencia... yo... no soy digno de ella.
- ¿Te tienes en tan baja estima? Hace un momento la escuché reír como solía hacerlo hace muchísimos años... para mí eso tiene gran mérito.
- Señor Adalrich, apenas y sobrevivo por mí mismo con mi música, ¡nunca he pensado en tener esposa...!
- ¡Pues parece que ya es hora de que tú también sientes cabeza, Juglar! ¡No se hable más del asunto! ¡Traigan al Juez, que la boda se celebrará ahora mismo!
Katya y Jakob el sastre, un personaje que aparecerá más adelante.
Publicar un comentario