martes, marzo 25, 2008

Ventanas de Madera

Una Historia del Puerto

¿Cómo empezó toda la plática? Ah, sí… estaba yo comiendo pozole en casa de mi abuela y le comentaba que cuando era niña recordaba que antes habían más cangrejos y muchos hoyos en la arena y que cuando caminabas por la orilla, las conchitas eran tantas, que incluso se te metían entre los dedos de las patas. Mi abuela se echó a reír... pero después comenzó a toser como loca; creo que se le fue chueca la saliva, le dí agua para que se calmara y me quedé con ella hasta que se le pasó la tos.

Ése día mi mamá me mandó a su casa con medicinas y un pay de queso, para que se lo comiera. Estuve con la abuela toda la tarde y la cuidé porque le dolían los huesos. El doctor decía que su enfermedad se llamaba “Osteoporosis”, aunque tengo catorce años, estoy segura de que a mí no me gustaría tener ése mal, “¡Dios me libre!” (así como dicen ella y mi papá). En fín; mi abuela, que se llama Sofía, me estaba contando que el hotel que se llama “Howard Johnson”, antes se llamaba “Puerto Bello”, y antes de eso, se llamaba “Capri”. ¡Órale!, exclamé sorprendida y me sonrió con su boca sin dientes y las arrugas de su experiencia. Me dijo que cuando ella era niña, ni ése hotel, ni el “bulevar”, ni la Escuela Náutica existían en ése entonces, en cambio, todo eso era arena, y la playa se extendía hasta donde ahora es el hotel... se me hizo algo muy raro, pero puedo imaginármelo...

Había casitas hechas con tablones cerca del mar, allí vivían los pescadores y sus familias. Por aquél tiempo mi abuela y sus padres eran pobres. Vivían también en una casa de tablones con ventanas de madera, así que por la noche se podían escuchar el vaivén de las olas a lo lejos; y como casi no había electricidad, la luz de la luna hacía parecer como si hubieran miles de diamantes regados sobre la playa tranquila. Por las mañanas a Chofi –así le decían a mi abue cuando tenía siete u ocho años- le gustaba irse corriendo desde su casa a la playa para jugar con la palomilla de chamacos. Le gustaba andar descalza y meter los pies en el agua, en aquél entonces cristalina. Si te metías más al fondo podías ver fácilmente las lisas y los peces aguja y también jiníguaros, sardinas, y caballitos de mar, éstos últimos los había por montones, pero poco a poco se fueron acabando porque la gente los disec aba pa’ venderlos en el malecón.

“¡Asu’ abue! Si asi de bonito estaba antes ¿te imaginas cómo habrá estado el puerto en el tiempo en que Don Beno Juárez dijo que ‘Sólo Veracruz es Bello’ ?” le comenté asombrada con la cara apoyada sobre la mano.

“Pos’ sí m’hija, a mí también me gustaba más antes, pero ya ves”

Cuando creció un poco más le encantaba sacar conchitas del mar, claro que las más bonitas las encontraba más lejos, entonces Chofi se íba nadando hasta la punta del rompeolas, en donde ahora está el faro verde y de allí sacaba sus conchitas, caracoles, piedra múcara y caballitos de mar. A su mamá –que era mi abuela Porfiria- no le gustaba nadita que se fuera hasta allá, así que en una ocasión en que mi abuela regresaba por la tarde a su cantón, su mamá la estaba esperando con una jetota...

“¿Dónde andabas, cabrona? Te juiste a nadar a la bocana, ¿verdad?”

“¡No amá!”, le respondió la abuela, ¡pero cuál! Si de todas formas se delataba ella misma con el montón de tiliches que llevaba en su morralito, -que estaba mojado con agua salada- ¡Y que le van pegando una cueriza con la hebilla del cinturón!

Sí...a mi abue le pegaba mucho su jefa. Por cualquier cosita; qué feo ¿no? Mi abuela dice que quería más a su papá porque nunca le gritó, ni le alzó la mano alguna vez. Pero él raras veces estaba en la casa, siempre estaba pescando en su lanchita, dormía en todo el día, y en la noche, como a eso de la una se hacía a la mar con los demás pescadores. Chofi disfrutaba mucho cuando su viejo se quedaba con ellas los fines de semana, incluso, sí había buena marea, les llevaba pescado grande para atiborrarse. Así que mi abuela no cambiaba por nada la mojarra frita con limón que hacía su mamá Porfiria, según me dicen, le quedaba como para chuparse los dedos... ¡Ay, hasta agua se me hace la boca!

Me contó que a sus papás les encantaba pasear en el tranvía cuando andaban de novios y también de la ocasión en que su papá salió a pescar por última vez, porque la tormenta se lo llevó mar adentro y se tragó su embarcación. ¡Cómo han de haber llorado ésa pérdida la niña y su mamá! Fue algo mucho muy triste.

“¡Ay!”, suspiró mi abuela, al recordar el pasado; después de un momento, me miró con una sonrisilla pícara. “No te he hablado de los congales, ¿verdad?”

“¿Los qué...?”

“Con-ga-les... los cabarets, pues”

Mi abuela dice que los congales estaban a la altura del Club de Regatas, le gustaba caminar por la banqueta, descalza como siempre, a lo largo de todas las cantinitas y cabaretuchos de mala muerte y ella dice que siempre, siempre se encontraba un titipuchal de tostones en el piso –porque se les caían a los borrachines que pasaban por allí- así que todos los centavitos que acababan en sus manos se los daba a su mamá Porfiria.

"Sí, eran un monón de bares… por ejemplo, había uno que se llamaba 'Montecarlo', 'Las Gaviotas', 'Candilejas'… 'El Foco Rojo' " dijo sonriendo. "Se veía todo muy rústico, estaban los congales pintados –algunos- de azul cielo y las ventanas tenían barrotes de madera pintados de rojo.”

Ella dijo que si escuchabas decir a los hombres en aquél tiempo: “Me encontré a una niña de boquita pintada” o, “Estuve con una muchacha de tacón alto”, entonces se referían a las prostitutas que estaban a la entrada de los cabarets.

“¡Qué nombres tan raros para ésas mujeres”, le dije yo cuando me acabé el pozole. “Ahora lo acortan diciéndoles ‘Sexoservidoras’ ¿eh?”

“¡Putas, qué! ¡Así me ahorro más saliva!”, exclamó mi abuela, riéndose como loca de su comentario. Y no tuve más remedio que contagiarme de ésa risa, aunque luego, como de costumbre comenzó a toser de nuevo hasta que se le pasó. “¡Cóño, ésta pinche tos!”

¡Ah! También estaba mala de los pulmones, porque cómo le hacía al cigarro, y se enojaba cuando me negaba a comprarle sus cajetillas en la esquina de Xicoténcatl. Primero rechistaba, pero como que luego entraba en razón. De la cocina nos pasamos a la sala y seguimos hablando; de cuando creció y conoció a mi abuelo, cuando se casaron, y también de cuando se separaron, por razones que hasta el día de hoy, no me son muy claras. Seguimos platicando acerca de los cambios que ha sufrido la ciudad por el paso del tiempo, de que el restaurante más famoso de Veracruz a principios de los ochentas era “La Olímpica del Puerto”, que estaba ni más ni menos en donde ahora está el “Nuevo Café de la Parroquia”, enfrente del malecón; mi abuela y yo platicamos largo y tendido... cuando me dí cuenta ya era de noche y me levanté del sillón a cerrar las ventanas y las cortinas de toda la casa. Mi abuela Chofi siguió con su bordado en lo que yo regresaba.

“Cuando yo era chamaca nos dormíamos con la puerta y las ventanas abiertas”, suspiró mi abuela, sin levantar la vista de su bordado.

“¡Ay, no es cierto!” repliqué con toda la incredulidad.

“Sí, m’ija” contestó muy seria. “Nuestra puerta ni siquiera tenía chapa... entraba el fresco de la noche bieeen bonito. No que ‘ora todo el mundo tiene que estar encerrado, cuidándose de que no le aprieten a uno el pescuezo.” Y se calló, siguiéndose de largo con el hilo y la aguja... creo que sintió muchísima nostalgia porque ví que de sus ojitos escurrieron las lágrimas. No me dijo nada más... y como me sentí algo incómoda prendí la tele...a veces pienso que a mi abuela la alcanzó el futuro... más pronto de lo que ella hubiera deseado...


A Palmira, la abnegada y sincera.

Para María, que tuvo que ser fuerte.

Y a Tomasa, la de corazón noble...



-Publicado en el suplemento El Paliacate del periódico Sur, ahora Imagen el día domingo 13 de Enero del 2002.-
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