martes, marzo 25, 2008

Delphinus sapiens

En el principio, y con su pensamiento, creó Dios el átomo y éste fue el primer eslabón del que estaría hecho todo el tejido de la creación. Dirigió el Gran Espíritu a todos sus ayudantes - que se había forjado mucho antes de que existiera el tiempo - diciéndoles la forma en que habían de tejer las redes del universo. Largo y esmeroso fue su trabajo, y ellos crearon un lugar magnífico en donde abundaba el aire limpio, agua y los seres vivos. Sin embargo, aún cuando era un solo mundo, existían allí mismo dos universos que siempre estaban guerreando... la Tierra y el Océano.

Así pues, de todos los seres que llegaron primero fueron los delfines los más hermosos y sabios de toda la creación. Heredaron la gracia, la inteligencia y el gozo del Padre, y además eran fuertes y veloces; pero sobre todo eran tardos para la cólera, al igual que Él. Durante milenios aprendieron todos los secretos del mar y de las profundidades abisales... nada les estaba oculto a su pensamiento y jamás dejaban de sorprenderse ante las maravillas del mundo. Con el paso del tiempo se dieron cuenta que poseían muchas habilidades mentales, así que eventualmente adquirieron formas diversas, se hicieron brazos y piernas para poder caminar por la tierra seca, ya que les daba curiosidad; sin embargo, decidieron que debían regresar al mar pues no soportaban la luz intensa y el calor del sol.

Hasta el más pequeño de ellos tenía poderes extrasensioriales, ya no necesitaban el lenguaje sencillo que les había sido dado para comunicarse y optaron por intercambiar ideas telepáticamente. Aún así, se dejaron puestos los cuerpos que habían usado para caminar en la tierra y su inteligencia seguía creciendo y creciendo hasta el punto en podían dominar la materia según la voluntad de sus mentes. Con ella tenían la capacidad de manipular el agua y otras formas tangibles, incluso a nivel molecular. Por eso los delfines nunca tenían un cuerpo definido a través de todas las eras. Construyeron grandes ciudades submarinas dentro de enormes y majestuosas burbujas de aire y eran maestros en toda clase de artes, pero si se los provocaba, podían llegar a ser terribles e impredecibles como el feroz tiburón. Por mucho tiempo prosperaron las ciencias y la cultura... pero pocos años después olvidaron por completo que debían cuidar y mantener la santidad del Océano. Se volvieron vanidosos y poco faltó para que reinara el caos, pero por fortuna se dieron cuenta de sus errores. Desconcertados y a la vez arrepentidos de todas las atrocidades que su ciencia le había acarreado al mar, repararon los daños y después de mucho, mucho tiempo las aguas del Océano quedaron restauradas y limpias de contaminación. Había empezado una nueva era.

Fue entonces, que incluso hasta en los abismos submarinos retembló la tierra y sintieron el poder de su Creador una vez más sobre las aguas, pues había llegado el hombre. Los delfines se sintieron contentos, ya que podían percibir que ésta, al igual que ellos era otra criatura a la semejanza de Dios. Y entonces subieron a la superficie después de cientos de años para contemplar a sus hermanos menores, y vieron que la humanidad era hermosa también. En la antigüedad, cuando los delfines se mostraron ante ellos, los hombres se impresionaron porque eran altos y poderosos, sus cabellos eran grises o blancos, de pálida piel azul, y sus miradas eran amigables, aunque penetrantes. Fueron llamados Atlantes por los hombres porque eran los Señores del Océano. A pesar de que la amistad con ellos fue sana e incondicional, los delfines regresaron al mar por segunda ocasión porque sus vidas se acortaban a medida que estaban bajo el sol. Regresaron y no volvieron más.

Otros cientos de años pasaron y paulatinamente adquirieron conciencia de que para realizar las tareas encomendadas en su mundo no necesitaban de los hermosos cuerpos que se habían forjado, así que regresaron a la forma original que el Padre les dio en un principio y volvieron a usar el antiguo lenguaje ultrasónico. Los delfines se dieron cuenta por fin que no tenían que ostentar todo su poder en vanalidades y apariencias. Vive, deja vivir, cuídate a ti mismo y ama a los demás, ésa era su filosofía. En toda la larga historia del mundo ningún delfín jamás mató a otro delfín por grave que fuera la ofensa. Ellos solos, de entre todas las creaciones fueron los que en verdad llegaron a existir en armonía suprema con Dios, la naturaleza y entre ellos mismos. Los hombres jamás se imaginaron ni tuvieron sospecha alguna de que los venerables atlantes y los delfines eran un único pueblo.

Ahora bien, también la humanidad prosperaba, crearon cosas maravillosas, y de todas éstas, la favorita de los delfines era la música. El principal poder del hombre fue su imaginación, pero por desgracia eso se convirtió en su arma más letal con el paso del tiempo. Además eran rebeldes, decidieron apartarse del Creador y por lo mismo rompieron el equilibrio. Se multiplicaron exponencialmente sin medir las consecuencias y el uso desmedido de su tecnología dañó no sólo su mundo, sino también el de los primogénitos. Los delfines eran tomados por “animales simpáticos” durante la adolescencia de la humanidad, los hombres sospechaban vagamente que ellos podrían tener una mente superior, pero nunca tuvieron la verdadera intención de comunicarse, ya que la mayoría de los humanos eran soberbios, vivían cegados por la avaricia y sus propios intereses. Sin embargo llegó el día, después de muchos milenios, en que descubrieron que los delfines habían sido los primeros Amos del Mundo, descubrieron que habían sido ellos los que construyeron las grandes metrópolis olvidadas en los lugares ocultos del Océano... y los cazaron, dándose así la más terrible de las persecuciones. Pero por extraño que pudiera parecerle a los hombres, los delfines no pelearon, tenían el poder para aniquilar a la raza humana y podrían haberlo hecho fácilmente, reclamando el planeta que les pertenecía por ley y derecho. No lo hicieron, preferían morir antes que lastimar a sus hermanos.

La atmósfera se había convertido en un humo ponzoñoso a causa de las constantes guerras bacteriológicas. El hombre contaminó todas las aguas y exterminó la mayor parte de los animales. Los poco más de doscientos delfines que quedaban en la Tierra lloraron amargamente ésta desgracia y con todo su dolor decidieron irse. Una vez más usaron sus poderes, y con la marea alta salieron del Océano ultrajado, dejaron sus cuerpos marinos de carne, transformándose en energía... y se fueron volando hacia la Luna, que los llamaba. Los espíritus de los delfines miraron desde el espacio que en el lado oscuro de la Tierra brillaban múltiples explosiones cual destellos rojos en una guerra y se lamentaron de toda la miseria y destrucción reinantes. “Puede que aún no sea tarde, puede que recapaciten” se decían ellos, con lágrimas en los ojos... pero aún siguen esperando, esperando, esperando.
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